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El Salvador:
¿Y DÓNDE ESTÁ EL ESTADO?
(La política y el neoliberalismo)
Oscar Fernández Investigador y Profesor en Ciencias Políticas.
 
     

La corrupción, los escándalos políticos, la crisis de legitimidad que afronta el régimen desprestigiado, la sensación de que nadie gobierna, el desánimo colectivo y en general el sentimiento de incertidumbre política que invade nuestro país, refleja una problemática que rebasa los términos científicos históricos de enfocar al Estado y su relación con la sociedad.

Ante este panorama poco halagador nos surge la pregunta ¿qué está fallando en la política?, ¿qué falla en el Estado y qué es lo que no hace posible que la democracia popular funcione eficazmente, más allá de las apariencias o de los altisonantes discursos de los gobernantes sobre este problema? ¿Por qué el Estado salvadoreño no resuelve los problemas propios de una sociedad que ya exige cambios drásticos en su funcionamiento? ¿Por qué no hacen nada los sucesivos gobiernos por legitimarse a través de la eficacia? ¿Por qué simplemente están ahí sirviendo a grupos de poder de facto y continúan intensificando la crónica sensación colectiva de tener gobiernos alejados de la sociedad?

A diferencia de las crisis tradicionales del Estado referidas en la literatura como crisis de hegemonía en Gramsci, o los problemas de legitimación según Habermas y cuyo núcleo de la reflexión era una problemática que trataba de esclarecer la racionalidad, los contenidos, el carácter y las relaciones del Estado con la sociedad, a lo que hoy asistimos es una problemática cualitativamente distinta y quizás hasta surrealista ¿Cuál Estado? ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde está el contenido que se demanda desde la sociedad?

Por hoy, entonces no se trata de discutir sobre mecanismos complejos de reproducción del poder, de identificar contradicciones estructurales de sistemas económicos o de cómo apoderarse del Estado por la vía violenta para cambiar las estructuras sociales. Se trata de encontrar un sentido que ubique al Gobierno y sus ciudadanos en una perspectiva desde la que se pueda discutir con claridad y lucidez, cuál es el rumbo que están siguiendo nuestras sociedades y que podemos hacer para guiarlo hacia las expectativas de las mayorías.

Hablar de la crisis del Estado, es hablar de una serie de indicadores que nos muestran la descomposición de los procesos políticos, desde el derecho concedido por el pueblo de poseer el monopolio de la fuerza, hasta la incapacidad para garantizar los derechos fundamentales de las personas como el bienestar colectivo y la seguridad. Hablar de la crisis política desatada por veinte años de neoliberalismo, que ya ha demostrado su fracaso, es hablar de un proceso degenerativo en que la política se enfoca a procesos, conflictos y problemas relacionados con el modo de cómo se ejerce el poder (corrupción, impunidad), con la discusión de las mismas reglas de organización del poder político (reformas a leyes electorales, reformas a la Constitución), o con modificaciones que replantean el rol del Estado en la economía (privatizaciones, dolarización, política fiscal), todo lo cual aleja al ciudadano tanto de sus propios representantes, como de la política en sí misma, al hacerla de facto ininteligible.

Los ciudadanos intuyen y diagnostican la situación que se vive con base en los saldos del antes y el después, mientras que los procesos políticos siguen su curso evidenciando pugnas, desacuerdos y conflictos generalmente impulsados desde la necesidad de conservar el poder a cualquier precio. En esta espiral ascendente de conflicto las soluciones a los mega problemas nacionales brillan por su ausencia y la planificación estratégica es el instrumento conceptual y práctico que yace olvidado en la trama de las elites burócratas que controlan el gobierno.

La ausencia de Estado surge precisamente como una estrategia del neoliberalismo y el “libre mercado”, sumiendo la institucionalidad en un proceso de desgaste en que los acuerdos políticos fundamentales no pueden derivar en una dinámica política capaz de resolver los problemas importantes que el pueblo demanda, porque lo primero es desarrollar el mercado y con ello los privilegios del poder económico.

En mayor o menor medida, en nuestro país las personas se preguntan ¿dónde está el Estado para combatir la delincuencia y el narcotráfico, prevenir los desastres humanos y materiales frente a los fenómenos naturales? ¿Dónde está el estado para proporcionar salud y educación para todos, generar empleos, establecer nuestra propia política monetaria y mejorar el nivel de vida?

De hecho, se identifica la presencia y accionar de este “ cuasi-estado ”, como contrario a los intereses de la población ya sea por los abusos de la policía y la violación constante de los derechos humanos, por la corrupción y la falta de transparencia en la gestión pública, por los altos impuestos, por la crisis en nuestras reservas alimentarias, por el alto costo de la vida y la baja calidad de los servicios ofrecidos.

En esta lógica, el gobierno se ve atrapado en un círculo vicioso del que no puede salir, porque los márgenes de maniobra no se lo permiten (falta de recursos y presupuesto, insuficiente recaudación, sumisión al poder económico que no les permite la toma de decisiones oportunas, altísima deuda externa, condicionantes económicos exteriores, especialmente del imperio del norte) y porque la misma dinámica política exhibe la impunidad y corrupción de los políticos y las autoridades.

De aquí que la crisis del Estado salvadoreño se asocie con una tensión estructural entre modelo económico y apoyo social y en la crisis de representación política. Esta crisis se ha vuelto evidente en el desgaste y deslegitimación de los partidos tradicionales (partitocracia), en cuanto a articulación de demandas sociales y vehículos y mecanismos que sustituyen a los sempiternos conductores de la política nacional y local.

La tensión entre modelo económico, exclusión social-deslegitimación de la política , se refleja en los debates sobre la pobreza, el deterioro ambiental, la baja calidad de vida, alternativas para el crecimiento y el desarrollo social sin dependencia y en la necesidad de fortalecer la democracia con un sentido de orientación social.

En el actual momento histórico y político, dónde la fragilidad de la democracia exige que se fortalezcan las instituciones políticas, para prevenir que fuerzas e inercias político-económicas de facto, terminen de resquebrajar los intentos por construir los regímenes políticos democráticos y éticos que nos urgen. Los partidos políticos de derechas y la oligarquía económica, han demostrado su fracaso para consolidar la democracia y conciliar a la sociedad. Entre liderazgos mesiánicos y neo-populistas resurgidos del modelo neoliberal, tal cual una secta fanática religiosa, nuestro pueblo padece ya de cansancio y desánimo y la pregunta que surge es ¿cómo hacer política o mejor cómo revitalizar y limpiar el quehacer político de modo que sea posible darle el sentido que demandan estos tiempos de cambio en nuestra nación?

 
15 de Julio de 2008

 
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El Salvador, Centro América.