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Conocer
Antonio Requeni. Poeta argentino.
 

Oscuro Fuego

¿Quién necesita que yo escriba?

Sin embargo es hermoso

vivir por la belleza, aproximarse

al fuego oscuro en el que arde

la fiesta y el misterio de la vida.

Aunque a nadie le importe.

Brilla en la noche el verso

bello y desamparado

como un cuerpo desnudo.

 

Los intrusos

Otros recorren tus habitaciones.

Voces nuevas dispersan las cenizas

de lo que ya no existe:

el íntimo jardín, la áspera higuera,

en el cristal los flecos de la lluvia.

Julio Verne y Salgari se habrán ido

del viejo altillo de los trastos

y el reloj familiar dará las horas

quién sabe hasta qué mundos

ateridos de escándalos y muertes.

Eras espacio y tiempo. Eras la casa.

Los muebles, los retratos, los espejos,

Y una canción que aún sigue perfumando

Los latidos nocturnos de mi sangre.

Otros vienen y van por tus baldosas;

otros pies, otras manos, otros ojos

donde los míos siguen habitándote.

Fuiste la casa de mi infancia.

No serás nunca de ellos, los intrusos.

No alojarán tus patios sino el eco

de mi rencor y mi melancolía.

 

Sala de espera

Nuestro cuerpo es una sala de espera

donde la muerte se entretiene

leyendo una revista.

Sentada, hojea nuestra alma

(grabados con leyendas neblinosas

y excesivas erratas en el texto).

Extrae luego un lápiz y descifra

las palabras cruzadas. Dobla ahora

ya las últimas páginas. Bosteza.

Cruza las piernas. Fuma un cigarrillo.

Hasta que suena un timbre y se levanta.

 

Piedra libre

El padre juega con sus criaturas.

La cara vuelta contra la pared

y el brazo levantado hasta los ojos,

está contando como si llorara.

Y mientras cuenta sus criaturas c recen,

van por el mundo, suben escaleras,

se enamoran o estudian geografía.

Cuando termina de contar, el padre

entra en los cuartos y revisa muebles.

Apenas ve. ¿Quién apagó las luces?

Su voz, que ha enronquecido, los invita

a dejar de una vez sus escondites

y los hijos regresan, jubilosos.

¡Cómo han crecido! Son casi tan altos

como los sueños que en su juventud

solían desvelarlo dulcemente.

¡A contar! ¡A contar! –exclama el padre.

(Los grandes siempre vuelven a ser niños).

Y los hijos se apoyan contra el muro,

hunden la frente entre sus brazos. Cuentan.

Y mientras cuentan –once, doce, trece...–

el padre se va haciendo pequeñito.

Cuando terminan de contar lo buscan.

Lo buscan pero el padre no aparece.

Se ha escondido debajo de la tierra.

Los amantes del Parque Lezama

No es el amor que muere

Somos nosotros mismos

 

 

Luis Cernuda

Llegan entre las hojas del otoño.

Se deslizan, irrumpen, atraviesan

la memoria del aire, las estatuas,

las aguas frías del estanque, el Tiempo.

Nadie los ve, nadie los oye. Vuelven

al escenario de su amor efímero.

Buscan rastros, señales, cicatrices

-un guijarro sepulto, una ramita-.

Las lluvias han borrado sus pisadas

y ya nada ni nadie los recuerda.

Se han sentado en un banco, el mismo banco,

y entrecruzan palomas y silencios.

Arriba están las cúpulas azules.

Sobre sus hombros, por piedad, acaso,

Las hojas amarillas se desprenden.

Algún pájaro canta. El parque cruzan

una anciana y un niño de la mano.

(Ellos jamás pensaron que estarían

destinados sus cuerpos a otros cuerpos

y sus ardientes bocas al olvido).

Lamentables espectros del ayer,

se contemplan vacíos, humillados.

La burla ha sido cruel. Y se separan

No volverán, no volveréis a verlos,

porque los dos han muerto,

ya no existen,

son otros.

 

 

Milan Kundera

Milan Kundera dice que la poesía ha muerto.

Debe tener razón porque ya nadie

(salvo algunos poetas)

acostumbra a temblar con las palabras

en un libro de versos.

Si me lo hubieran avisado

–aunque yo soy su deudo más humilde-

habría concurrido a las exequias y

dejado una flor en su tumba.

Ahora estoy triste. Pienso en cuántas veces

ella me hizo feliz. Y ya no está.

¿Pero qué hacer si las palabras vienen

por el aire o se trepan a mis piernas?

¿Si las palabras vuelven, temblorosas,

bellas sensuales, perentorias, mágicas,

y me reclaman una forma antigua

o un resplandor herido de futuro?

Tendré que consultarlo con los pájaros.

 
15 de Abril de 2008

Antonio Requeni

Nació en Buenos Aires, Argentina en 1930. Publicó: (1951) Luz de sueño , poesía;(1953) Camino de canciones , poesía, Faja de Honor de la SADE ; (1954) El alba en las manos ; (1956) La soledad y el canto , poesía; (1960) Umbral del horizonte , poesía; (1961) González Carbahlo , selección y prólogo, antología;(1965) Manifestación de bienes , poesía; Premio Fondo Nacional de las Artes y de la VI Fiesta de las Letras de Necochea; (1969) Los viajes y los días , crónicas de viaje; (1970) Poemas españoles , Ediciones Papeles de Son Armadas, Palma de Mallorca, España; (1974) Inventario , poesía, Pluma de Plata del PEN Club; (1974) El pirata Malapata , cuento para niños, Tercer Premio Nacional de Literatura Infantil; (1984) Línea de sombra , poesía, Primer Premio Municipal de Poesía; Cronicón de las peñas de Buenos Aires , Primer Premio Municipal de Ensayo "Ricardo Rojas" y Premio Konex; El libro del padre , selección y prólogo; (1992) Poemas 1951-1991 , antología poética. En 1984 se le otorgó el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía ; en 1989 el Laurel de plata a la Personalidad del Año (rubro poesía) del Rotary Club de Buenos Aires, y en 1990 el Premio Esteban Echeverría de Gente de Letras.

 

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El Salvador, Centro América.